LEANDRO ERLICH, EL CREADOR DE ILUSIONES QUE PERTURBA BUENOS AIRES

En medio de la crisis económica que golpea a Argentina, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) se ha puesto a la venta. “Excepcional propiedad. 7.455 m2. Apto todo destino”, dice el cartel inmobiliario colgado desde este martes en la fachada del museo de arte más prestigioso de la capital argentina. “¿Vos decís que es verdad?”, le pregunta una mujer a otra al pasar por allí un día más tarde. Ambas lamentan que se haya caído la red de whatsapp y no poder compartir la imagen con amigos que las saquen de dudas. Puertas adentro está Leandro Erlich, artista argentino convertido en sorpresivo agente inmobiliario, que escucha ofertas económicas mientras ultima los preparativos para la inauguración este jueves de Liminal, su primera muestra antológica en Sudamérica.

La confusión que ha generado Erlich (Buenos Aires, 1973) con su última obra, Se vende, es característica de una trayectoria artística con amplio reconocimiento internacional. En 2015, porteños y turistas se quedaron atónitos al ver que había desaparecido la punta del Obelisco. El Malba anunció que la había trasladado a la explanada del museo y que podía visitarse. La ilusión óptica quedó plasmada en cientos de fotografías que se viralizaron con rapidez.

“El centro de arte es una campana de cristal para el arte, la zona de confort. Dentro de un museo podemos permitirnos expresar prácticamente cualquier cosa, incluso lo que podría ser censurado en el espacio público. Llevar el arte fuera es aventurarse a generar un diálogo con un espectro amplio de la sociedad en el que hay muchos que no visitan museos de arte”, dice Erlich. Al lado del cartel de venta hay una escalera que lleva a una vivienda de ladrillo suspendida en el aire de la que sólo ha quedado en pie una ventana. ¿Sueño infantil de la casita en el árbol o pesadilla adulta de un hogar roto?.

La obra Window and Ladder fue expuesta por primera vez en Nueva Orleans después del huracán Katrina que destrozó la ciudad estadounidense. Al verla, los habitantes que lo habían perdido todo pudieron “enfrentar un dolor enconado sacándolo a la superficie y volviéndolo tan obvio que su presencia no puede ser negada”, escribe el comisario Dan Cameron en el catálogo de la muestra. Una década después, la instalación en Buenos Aires adquiere otros significados. Uno de ellos remite a las villas miseria de la ciudad y su periferia, entre ellas la Villa 31, fronteriza con Barrio Parque, el lujoso barrio porteño donde se levanta el Malba. “Esta casa precaria es tan real en nuestro contexto como una casa de clase media o clase alta, pero evidentemente nos genera una incomodidad como sociedad. La pobreza nos incomoda y hay también cierto ánimo de esconderla”, reflexiona Erlich.

Al entrar en el museo, un pasillo conduce hasta la piscina climatizada que se promociona en el cartel inmobiliario junto al “cine, auditorio, biblioteca, tienda, bar” y “680 obras de arte (Tarsila, Frida, Diego, etc)”. Al acercarse y observar el fondo azul, pueden verse personas bajo el agua que pasean sin ahogarse e incluso saludan con entusiasmo a quienes los miran perplejos desde arriba. Hay que caminar un poco más para desvelar el misterio de Swimming pool/La pileta, la pieza con la que Erlich representó a Argentina en la Bienal de Venecia en 1999 y fue el punto de partida de una carrera internacional que no ha dejado de crecer.

“La gente responde con placer por dos razones. Porque siempre fue fascinante el misterio, lo inexplicable y la sorpresa, pero también por la posibilidad de comprender, de poder reconocer qué fue lo que nos pasó sin que alguien nos lo explique”, cuenta este ilusionista al que le gusta mostrar el truco.

En la segunda planta, el particular recorrido por el país de las maravillas se fragmenta en nuevos juegos. Ilusiones de espejos, nubes, reflejos de ciudades después de la lluvia, aulas y jardines fantasmagóricos forman parte de la veintena de obras expuestas. El espectador debe abrir bien los ojos para entender lo que ve en esta realidad cotidiana alterada. “Me gusta generar, producir algo que nos permita detenernos y activar eso que tiene que ver con el pensamiento crítico que se adormece en el día a día”, responde Erlich sobre los vínculos de su trabajo con las fake news y la creciente dificultad para distinguir noticias reales de falsas.

“En el cotidiano no estamos en estado de alerta permanente, reflexionando sobre lo que nos pasa, cuánto tiempo pasamos mirando la pantalla del móvil, qué hacemos con nuestro tiempo, en qué lo usamos. Tantas veces uno escucha ‘Estoy mirando esto porque no quiero pensar en nada’, como si hubiese estado pensando. Algo que puede generar una fractura en el alienamiento tiene que ver con la sorpresa, con esa pequeña dosis de un shock”, continúa. Hasta finales de octubre, miles de personas se acercarán al Malba para poner a prueba su percepción.

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